
Los procesos de la comunicación en la cultura no pueden mirarse desde una sola óptica. La relación que existe entre las personas creadoras, medios y audiencia está marcada por dinámicas de múltiples dimensiones que se han visto claramente modificadas en las últimas décadas.
La hegemonía de los medios tradicionales se empieza a desdibujar ante el poder casi omnipresente de los medios digitales, de la información inmediata, en tiempo real y no siempre verificada. En ese contexto, los medios impresos (desde donde he trabajado por los últimos veinte años) tenemos una dura labor por hacer, pero también una coyuntura inmejorable para encontrar el balance entre el rigor informativo, la veracidad y la oportunidad, para convertirnos en un vínculo valioso entre quienes están detrás de distintos productos culturales y las audiencias.
A lo largo de estos años de ejercer el periodismo cultural el panorama ha dado un viraje. La necesidad de hacer notas en tiempo real, de elaborar productos que sean populares entre lectores y la agenda cotidiana de coberturas hace que entremos en una espiral compleja de trabajo donde nuestras relaciones con personas promotoras, gestoras con las instituciones públicas y privadas dedicadas a la comunicación en el ámbito artístico y cultural, se conviertan en pilares para nuestra práctica profesional.
Pero existe en esa relación un juego de doble filo: ¿qué tanto dejarse influir por la información institucional?, ¿qué tanto por voces disidentes y periféricas?, ¿qué tanto por el propio olfato periodístico?
La respuesta no es fácil. Yo misma me he hecho esas preguntas una y otra vez. No sé con cuántas respuestas, casi siempre fallidas, han volteado de cabeza mi práctica profesional. He tratado de ejercer este oficio como un servicio a la comunidad, un vínculo que vaya más allá del periódico impreso para materializarse como un interés colectivo y que no muchas veces encuentra eco, por lo menos no cuantificable para quienes lanzamos ese mensaje en medio de un océano de información.
Desde que inicié mi trabajo como periodista cultural en los primeros años del siglo XXI, me ha interesado establecer una dinámica distinta con el público. Sí, hay que informar sobre las obras y productos culturales que impactan a la escena, pero para mí también hay un compromiso de contar las historias que se generan tras bambalinas: investigar cómo se toman decisiones desde la esfera gubernamental, si es pertinente una política cultural para determinada comunidad, como se ejercen los recursos y qué impacto tendrá en su dimensión social.
Pero, ¿cuál es el deber ser del periodismo cultural? Independientemente del terreno en el que se mueva, me parece que el relato debe centrarse en la dimensión individual y social de un hecho cultural para tratar de generar algún cambio, como se explica desde una postura académica:
“La capacidad simbólica y comunicativa del ser humano se vehicula de forma compleja, y a la vez básica, a través de la narración, que a su vez transmite los relatos de su medio significativo cultural en el que crece y se interpela por el sentido y por la identidad.
En este entorno simbólico y narrativo, el ser humano es el único animal capaz de concebir y comunicar una nueva representación a los otros; es capaz de articular un relato en torno a sí mismo que genere cambios culturales. Es por ello que en la articulación entre comunicación y cultura, la reflexión incorpora la capacidad narrativa, que nos identifica como sujetos en la cultura y que construye meta-relatos que conforman comunidad y, por ende, identidades individuales y colectivas”.1
En ese contexto, con medios tradicionales acotados, —me refiero a la prensa escrita, que en las últimas dos décadas ha perdido espacios significativos y que de contar con suplementos culturales de hasta dieciocho páginas, ahora se reduce a secciones de una plana— es fundamental preguntarse qué merece la pena informar: una investigación sobre mal manejo de recursos en una dependencia cultural, notas informativas que le aporten elementos a los lectores para entender un hecho social, o textos de servicio que le ayuden a decidir qué hacer el fin de semana.
En mi opinión, la comunicación debe llevar por múltiples caminos tanto a las personas lectoras como a las propias hacedoras de la cultura, convertirse en una herramienta para delinear una identidad, para entender mejor lo que ocurre en la sociedad, como lo explica en una entrevista el periodista Jorge Carrión, profesor de periodismo cultural de la Fundación Gabo:
“(El periodismo cultural contribuye a formar identidad), sin duda, desde la identidad urbana, es decir, la percepción que los ciudadanos de Bogotá o Medellín o Barcelona tienen de su ciudad como red semántica en la que ellos se inscriben, hasta el nacionalismo o el cosmopolitismo dependen de relatos e imágenes que el periodismo cultural pone en circulación.
Al mismo tiempo, nos acostumbra a la crítica argumentada, a los datos, a la verificación, a las voces múltiples, al diálogo, de modo que construye democracia. Siempre y cuando recuerde su independencia y no se ponga al servicio acrítico de la industria ni de las instituciones”.2
Mi práctica profesional ha tratado de conducirse por esos múltiples terrenos: contar historias para abrir la conversación, ser eco de artistas que aportan al relato colectivo, ser un espacio de guía para el entretenimiento, pero sin el torbellino que traen las redes sociales y la información poco verificada de medios virtuales; y ser también un espacio para la reflexión y diversión con formatos que vayan más allá de la página impresa.
Aunque este texto me deja más preguntas que certezas, creo que nos encontramos en un buen momento para el periodismo cultural, para los procesos íntimos y el juego cercano que establecen la comunicación y la cultura.
Hoy se está leyendo como nunca antes, disciplinas como la música, las artes visuales y la literatura se vuelven de consumo masivo, aunque en formatos alejados de la tradición. La gran labor, es y siempre lo ha sido, desde que inicié en este camino, hacer que ese vínculo entre las personas creadoras y sus audiencias se consolide, genere múltiples ecos y refuerce la idea de comunidad. Siempre con ese reto de buscar mejores y más atractivos formatos, de encontrar en el terreno virtual un aliado que también extienda el mensaje más allá de los límites impresos.
En ese camino doy pasos pequeños todos los días, con la pluma en la mano y los dedos muy puestos en el teclado espero que esas historias que escribo lleguen a su destino final.
- Gayà Morlà,Rizo García, Vidal Castell, (2022) Comunicación, cultura y relato Una propuesta para repensar las bases teóricas de la comunicación participativa. Disponible en: https://www.redalyc.org/journal/316/31671726003/31671726003.pdf ↩︎
- Carrión, Jorge. La Palabra. Periodismo al servicio de la ciudad y la región (2024) El periodismo cultural debe aportar crítica y reflexión, testimonio y búsqueda de la verdad. Disponible en <https://lapalabra.univalle.edu.co/el-periodismo-cultural-debe-aportar-critica-y-reflexion-testimonio-y-busqueda-de-la-verdad/>. ↩︎

Rebeca Pérez Vega
Rebeca Pérez Vega es periodista egresada de Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad del Valle de Atemajac. Por más de 20 años ha escrito en medios como Público-Milenio, el Diario NTR y Mural de Grupo Reforma. Ha especializado su práctica periodística en el sector cultural, en materia de investigación, políticas públicas y cobertura de la agenda artística. También ha colaborado en revistas como Magis, del ITESO, y es coautora de los libros Teatro Experimental de Jalisco. 60 Años (Editorial Universidad de Guadalajara, 2021), en el que aborda la integración plástica en el recinto de la autoría de Erich Coufal, y El Jergario Tapatío Ilustrado (Editorial Universidad de Guadalajara, 2015), en el que se exploran vocablos y modismos del tapatío cotidiano.
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