
Hace casi diez años cuando comenzaba mi carrera en el periodismo cultural escribiendo para Territorio, una revista local, digital, y heterodoxa donde publicábamos textos entre la crónica, el reportaje y el ensayo académico, titulé –o quizás fue Luis Sánchez, el editor, quien lo hizo– un texto así: “La periferia al centro”. Era una idea constante en aquella redacción donde frases como “ninguna ciudad es una isla” y “sin centro ni periferia” hacían referencia a la forma en la que pensábamos la ciudad, y nuestra revista, tratando de invertir, al menos intelectualmente, algunas convenciones.
Nos queríamos convertir en una especie de corresponsales extranjeros en una ciudad que suele ensimismarse, es decir, que comúnmente se mira demasiado a sí misma desentendiéndose del mundo exterior y oponiéndose a la alteración. Quizás por esto, o porque tomábamos una palabra como eje semántico para cada edición, en Territorio me enfrenté a la categoría de periodismo cultural que otros nos pegaban como un estigma: como una etiqueta que se le pone a un objeto que no está destinado a la vitrina, una cosa que quizás vaya bien en la sección infantil, o allá en los accesorios de belleza, que es difícil de clasificar pero que va lejos del pasillo principal, lejos del centro, lejos de las hard news, éramos y hacíamos periodismo cultural.
No me gustaba la etiqueta, y hasta hoy me recuerda ese malestar, pero también me trae de vuelta a las palabras de Luis: “la batalla es cultural”. En Territorio habíamos ido creando “leyes” o pequeños mantras como ese que nos recordaban por qué, para qué y para quién hacíamos lo que hacíamos. Hoy sigo creyendo que la batalla, esta pelea nuestra en favor de un futuro más diverso, incluyente, y comunitario, es cultural.
Por eso me alegro y emociono cuando leo a personas como Rebeca Pérez Vega, quien tiene más de veinte años de ejercer este periodismo, escribiendo meditaciones en torno a su trabajo. Me alegra que nos diga que agradece tener un espacio para reflexionar sobre su labor, algo que no hacemos con la frecuencia que nos gustaría; y me emociono cuando la leo decir que la comunicación debe “convertirse en una herramienta para delinear una identidad, para entender mejor lo que ocurre en la sociedad”, porque me recuerda la importancia de lo que hacemos.
Ese periodismo que algunas personas ven como elitista, o como un lujo secundario, es reivindicado por las prácticas comunitarias, locales y dispares que encontramos en él, y que Iván Serrano Jauregui nos recuerda en su texto sobre el periodismo cultural tapatío. Donde además se da a la tarea de nombrar a colegas que han abierto brecha y marcado el camino que otros recorremos antes de hacer los propios.
Lleno de fuerza y en un tono similar respecto a la necesidad de avanzar en comunidad, encontramos el ensayo de Alejandra Carrillo; quien no solo se encarga de nombrar las carencias y posibilidades en el campo de la comunicación de las artes y la cultura, sino que se da a la tarea de llamar a sus detractores por su nombre. Recordándonos así que una de las tareas más básicas del periodismo (el que no se detiene en el qué, quién, cuándo, dónde y por qué sino que explora el cómo y el para qué) es desenmascarar al poder que está detrás de las estructuras que clasifican y segregan para evitar que se afecten sus intereses.
Retomando el papel que han tomado los medios tradicionales en su falta de compromiso por una comunicación que abra espacios a la crítica y a las reflexiones profundas del acontecer social y artístico, el ensayo de José Israel Carranza es una reflexión atinada y divertida. Con tono ligero y advirtiéndonos del riesgo que hay en el hecho de creerse la falacia de que ‘todo tiempo pasado fue mejor’, se pregunta si hoy en algún lugar se está gestando una revolución silenciosa que cambie el actual “deprimente y aburrido” estado de la prensa.
Y si hay un lugar donde se podría observar dicho cambio radical, ese es la universidad. Sobre la formación de una nueva generación de periodistas culturales escribe Iván González Vega quien luego de poner sobre la mesa los grandes retos de la industria y las condiciones que impone, reconoce la “mezcla de asombro gozoso y valiente rigor” que nuestro oficio genera, “una profesión arrojada, consciente de su convulsiva crisis, pero también de su utilidad”.
Pero el campo de la comunicación va mucho más allá que el oficio del periodista, y en una serie de siete apuntes, Érika Ledezma Barragán comparte experiencias y reflexiones para la formación de las nuevas generaciones de publicistas y comunicadores estrategas.
Otra persona comprometida del trabajo formativo es el director escénico y gestor cultural Aristeo Mora de Anda, quien en su ensayo pinta una ventana de posibilidades al exponernos la necesidad de ver el proceso de comunicación como un elemento propio de creación artística. Un proyecto artístico comunica por sí mismo, y la comunicación que lo rodea, entendida como un proceso de “traducción”, tiene la posibilidad de tomar una forma que la inserte como parte de la misma experiencia. Un camino que permite imaginar nuevas formas de comunicar-crear, y al hacerlo, darle forma a lo invisible.
También reflexionando sobre el papel de las creadoras en los procesos de comunicación, y siendo muy crítica de los medios tradicionales que renunciaron a su oportunidad de seguir siendo actores relevantes en la producción de sentido, se encuentra la académica Adriana Pantoja. En su texto reconoce que en la comunicación de un proyecto artístico hoy es mucho más central la colaboración con comunidades, que las lógicas de los medios y las redes.
Por último las palabras de Luz Emilia Aguilar Zinser se cuelan desde el escenario nacional para hacer un recorrido histórico que nos plantea el espacio periférico en el que se encuentra hoy el teatro en nuestro imaginario colectivo. Hace preguntas clave que ponen al poder político y económico en la escena de una obra conocida: donde éstos buscan generar una maquinaria propagandística a través de las artes escénicas, pero éstas muestran una y otra vez su “capacidad de crear universos complejos, provocar formas de crítica alusiva y potencia para profundizar en los dilemas de la condición humana”.
Estos son los nueve ensayos que componen la primera publicación de Periféricos, que inició en 2022 como un encuentro local, creció en 2023 con talleres, y hoy en 2024 inaugura un espacio editorial. Pero eso sí, Periféricos sigue siendo un proyecto local, de aquí, de una comunidad.
Y lo digo porque cuando Aristeo Mora me invitó a darle forma a este encuentro de la comunicación de las artes y la cultura recuerdo que me enfrenté al dilema del nombre. Cómo debía llamarse siendo que el nombre no puede estar desligado del espíritu, del corazón del proyecto. Y recordé el carácter periférico que habitábamos en Territorio, donde sabíamos que teníamos recursos financieros limitados, habilidades técnicas limitadas, y tiempo limitado, pero donde también nos tomábamos en serio nuestro compromiso por producir contenidos a los que no se les pudiera poner una fecha de caducidad, y que en cada texto el punto final fuera solo el punto de un nuevo comienzo, de una conversación, de un encuentro. Así propuse honrar ese proyecto en el que me forjé como periodista cultural llamando a este encuentro Periféricos. Sabiendo que aunque para el escenario global somos periféricos, al nombrarnos como tal, una y otra vez, tomamos una conciencia que nos fortalece y que vuelve a poner la periferia al centro.

Ángel Melgoza
Ángel Melgoza (Michoacán, 1992) se dedica a investigar y contar historias. Desde el 2015 ha cubierto temas relacionados con literatura, medio ambiente, comunidad y política. En 2021 dirigió el largometraje documental Tolvanera, estrenado en el Festival de Cine de Morelia. Hace crónica, pódcast y entrevistas. Estudia una Maestría en la New School for Social Research en Nueva York y es coordinador de Periféricos desde 2022.
Sitioweb: angelmelgoza.com – @ar.melgoza
© Juan Carlos Campos Taylor
Una respuesta a “La periferia al centro”
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Qué bonitos recuerdos de Territorio 😊
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