
En cierto modo, podría decirse, siempre ha sido así, pero es más notorio en los últimos años (¿diez, quince?): la atención que los medios convencionales de comunicación destinan al arte y la cultura en una ciudad como Guadalajara está supeditada a la rentabilidad económica, principalmente, y, en menor medida —pero bastante menor—, a una difusa noción que mezcla cierto sentido de responsabilidad periodística con algunas ideas relativas al prestigio o la respetabilidad que reporta el hecho de ocuparse de estas materias.
Dicho de otra forma: la cultura y las artes encuentran cabida en los periódicos, la televisión y la radio comerciales de la ciudad siempre que éstos tengan forma de permitírselo, y a condición de que ese espacio no haga falta destinarlo a anunciar las ofertas de Farmacia Guadalajara o de Súper Colchones, y también gracias a que aún quedan periodistas —sobre todo reporteros y editores, a los directivos no parece preocuparles demasiado el asunto— empecinados en que sus medios den cabida al acontecer cultural de la ciudad porque les parece importante seguir haciéndolo. En los medios gubernamentales o institucionales, la cobertura periodística del acontecer cultural tapatío, aunque no está condicionada por su conveniencia comercial, ha ido reduciéndose según las visiones más o menos arbitrarias de quienes están al frente de esos medios o de las dependencias que los operan1, o bien en favor de su conveniencia política.
Por otro lado, las muy reducidas apuestas que los medios convencionales llegan a hacer por el interés del público en estos terrenos se ven constantemente defraudadas: asumen que es siempre minoritario, siempre menos significativo que el suscitado por otros aspectos de la actualidad noticiosa (deportes, espectáculos, política y seguridad, y seguramente en ese orden). Sin embargo, cabría preguntarse si dicho interés sería mayor si se brindara a las audiencias una oferta más rica, accesible, atractiva y estimulante… cosa que no hay dónde hacer. Los medios no abren más espacios a la cultura porque dan por hecho que es una materia poco accesible para la mayoría y, por tanto, improbablemente atractiva; al mismo tiempo, no hay forma de saber si en efecto es así, pues al público en general no le sale al paso una oferta en la que quizá terminaría por interesarse.
Es sabido que la añoranza del tiempo pasado entraña el riesgo de autoprescribirse del presente, y para evitarlo conviene tener en cuenta que la información acerca del acontecer cultural de la ciudad ha ido encontrando otros cauces, en especial en lo tocante a la difusión necesaria para que dicho acontecer llegue al conocimiento del público interesado: la difusión de lo que hacen corre por cuenta de quienes están creando y gestionando con los medios a su alcance. Y, puesto que estas personas creadoras y gestoras siguen existiendo y trabajando —es decir no les falta público, o no, al menos, como para verse orilladas a cambiar de oficio—, puede afirmarse por ello que no se entera de lo que pasa quien no quiere enterarse. O, para decirlo de un modo más optimista, esto significa que la vida cultural tapatía dispone de sus propios circuitos de información y éstos, sin duda, funcionan siquiera para que esa vida continúe existiendo: para que la gente sepa que hay una exposición, una obra de teatro, un concierto o una presentación editorial, y asista. Sin embargo, aquella añoranza acaso se justifique al echar de menos, en tales circuitos de información, el papel que la crítica debería jugar en la ocurrencia de esa vida cultural. Lo que quiero decir es que, a diferencia de lo que sucedía en otra época —y estoy pensando en un tiempo remoto en que el periodismo cultural tenía lugar sobre todo en los periódicos, así como en algunas estaciones de radio—, hoy son prácticamente inexistentes los espacios para una reflexión seria que, al juzgar sobre lo que hay, contribuya a orientar las decisiones del público y asentar el valor objetivo que tiene eso que hay.
La supresión de los suplementos y la reducción o la aniquilación de las secciones culturales de los periódicos locales, por ejemplo, desde hace mucho tiempo privó al público tapatío de esa posibilidad de comprender mejor que es la crítica cultural. Y lo hizo en tal medida que da la impresión —o me da la impresión a mí, debo decir, como ciudadano interesado en la cultura— de que los públicos jóvenes ni siquiera imaginan que haya existido alguna vez, y mucho menos que pudiera existir de nuevo. A cambio de la democratización del acceso a la información a través de los nuevos medios, y puesto que esa información persigue exclusivamente fines de difusión, la ausencia de una crítica cultural que se proponga con la naturalidad de antaño a la atención de consumidores ha derivado en un empobrecimiento tanto del público como de la oferta que se le brinda, y aunque ésta pueda parecer abundante y dinámica, con frecuencia termina por ser irrelevante: porque nadie, o casi nadie, hay que discuta su valía, de tal modo que todo cuenta igual, todo se vale y al final nada importa demasiado.
Temo que, al afirmar esto que vengo afirmando, vaya cayendo ya en aquella trampa que apunté dos párrafos atrás. Pero supongo que no tengo escapatoria, en vista de que, como periodista (y como ciudadano interesado en la cultura), provengo de aquel pasado remoto en el que era posible participar en una discusión pública más o menos bien informada gracias a que había dónde hacerlo: los ya dichos suplementos y secciones culturales, pero también las revistas independientes e incluso los espacios que los aparatos oficiales o institucionales abrían para que tuviera lugar esa discusión2. Las fugaces y rabiosas y biliosas polémicas que de cuando en cuando parecen incendiar las redes sociales3 no pasan de ser pleitos entre un puñado de personas concernidas, por lo general sólo para el deleite sarnoso de otro puñado de mironas y mirones, y ante el auge de la instantaneidad que prohija tantas necedades parece más lamentable la extinción de la crítica que requería, para desplegarse, del tiempo y el espacio que no hay en las redes.
Con todo, sigue prestando un servicio inestimable la cada vez más arrinconada participación de la prensa cultural local al entendimiento recíproco entre públicos y agentes culturales. Y aunque sería ingenuo desear el retorno a otras épocas, en virtud de las transformaciones recientes y las venideras de la prensa en general en Guadalajara, en México y en el mundo4, yo querría apostar a que tras el actual estado de las cosas, tan deprimente y aburrido, estará ya cobrando forma una realidad tan insospechable como habría resultado ésta que atravesamos para quienes escribíamos, editábamos o leíamos periódicos y revistas en el salto del siglo pasado al presente: si alguien hubiera llegado a contarnos que, pasados veinticinco o treinta años, deberíamos conformarnos con lo que hoy hay, no habríamos querido creerlo.

José Israel Carranza
Ensayista, narrador, editor y periodista nacido en Guadalajara (1972). En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Carlos Echánove Trujillo, en Mérida, Yucatán, con el libro Las encías de la azafata (Tumbona Ediciones / Universidad de Guadalajara, 2010). Es profesor de literatura en el iteso, Universidad Jesuita de Guadalajara, editor de la revista Magis y editorialista del diario Mural. Su libro más reciente es la novela Tromsø (Malpaso, 2018). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Sitioweb: ensayos.mx – @JI_Carranza
- Es así, por ejemplo, que dos de las emisiones culturales más importantes en el cuadrante tapatío a lo largo de muchos años salieron del aire sin que para ello obstaran la amplitud y la fidelidad de su audiencia y sin que se les sustituyera con ninguna oferta similar: Señales de Humo, de Radio Universidad de Guadalajara, en diciembre de 2016, y A las Nueve con Usted, de Jalisco Radio, en enero de 2021. ↩︎
- En cuanto a esto último, habría que señalar cómo, en algún momento de nuestro pasado reciente, y gracias sobre todo a la influencia de determinados actores de la cosa cultural en la comarca, prevaleció una muy dañosa asimilación de la cultura con el entretenimiento: es el caso del (mal)entendimiento de la materia que ha alentado el que debería ser el festival más importante del país, la Feria Internacional del Libro (FIL), y también el caso del aparato con más recursos (públicos) a su disposición, que es Cultura UdeG, ambos surgidos de las ambiciones políticas del finado Raúl Padilla, el cacique cuyo influjo tardará mucho tiempo en disiparse. ↩︎
- Ya va siendo necesario que alguien se aboque a investigar lo que ocurre en los chats de WhatsApp con que se comunica entre sí la «hiedra multiforme de la biempensantía tapatía», como alguna vez la llamó el arquitecto y columnista Juan Palomar: crispadas tertulias donde toman curso toda suerte de rencillas mezquinas y estériles y cuyos participantes frecuentemente intercambian invectivas emponzoñadas a la vista de toda la concurrencia. ↩︎
- Como una suerte de peregrinación semanal al mundo inexistente del que provengo, cada domingo recojo los periódicos del fin de semana que me aparta don Mario Fregoso, del puesto de Américas y Morelos. Hasta hace algunos años, por los suplementos o a las secciones culturales que publicaban, esa compra ritual incluía El País (con la revista El País Semanal), La Jornada, Reforma, El Universal, unomásuno, Novedades, Excélsior, Milenio, Mural, El Informador, El Occidental, Proceso y, cada mes, Letras Libres y Nexos. Al menos. Hoy, cuando hay suerte de que lleguen, me llevo sólo La Razón y Milenio (cada quince días también El Universal, porque es cuando publica impreso su suplemento Confabulario; a La Jornada renuncié cuando censuró al poeta Javier Sicilia), y nada más. Temo que, cualquier día, don Mario acepte que ya no es negocio —dejó de serlo hace mucho— y sencillamente ya no abra la cortina. ↩︎
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