
El periodismo cultural en Guadalajara ha tenido una reducción radical en los últimos diez años. Esta se puede observar sobre todo en las pocas páginas de los periódicos dedicadas al arte y a la cultura que aún permanecen, y el limitado espacio de tiempo en programas televisivos, radiales y digitales que están dedicados al tema.
No hay un estudio comparativo que podamos citar aquí pero sin duda hay un par de ejemplos significativos que han ocurrido ante nuestros ojos: el suplemento cultural Ocio, dedicado a la cultura y el entretenimiento, editado por el diario Milenio en Jalisco, desapareció hace al menos seis años. También se dejó de imprimir Primera Fila, el suplemento del mismo talante en MURAL de Grupo Reforma; así como O2, el suplemento cultural de La Gaceta de la Universidad de Guadalajara, referente en el periodismo cultural editado por el fallecido poeta zapotlense Víctor Manuel Pazarín.
En diarios tan grandes como El Informador solo hay un reportero dedicado a la sección cultural. Mismo caso para periódicos como NTR Guadalajara, Milenio, y la televisora de la Universidad de Guadalajara, Canal 44. En MURAL somos dos y publicamos en una sola plana del diario. Los ejemplos siguen e implican también salarios limitados, subordinados a las así llamadas secciones duras (hard news). La reducción, aunque no estudiada de manera académica todavía, es evidente.
El periodismo cultural dejó de ser rentable en nuestros medios y aquí estamos en una especie de resistencia compitiendo por pocas plazas con salarios bajos, jornadas extenuantes y al mismo tiempo demostrando que se puede hacer periodismo con rigurosidad, con una propuesta interesante que observe a la ciudadanía —porque cultura va más allá del arte— y luchando por no quedar relegados a una agenda que le repite a las personas lo que hay en las carteleras de cines, teatros y centros culturales. El reto es múltiple y ese es el presente: el de la incertidumbre.
Sin embargo, así como lo veo, el cuestionamiento más urgente para hacernos en estos días es la responsabilidad compartida con otros actores del ecosistema cultural, de comenzar a ver el arte como un ente transformador más que como el fin de estrategias políticas y comunicacionales. El objetivo no es que las personas vean y consuman arte sino que accedan a él.
El presente de las artes en Guadalajara se ha convertido en una disputa entre la visión de la cultura desde las artes comunitarias y colaborativas contra la vieja visión de la alta cultura iluminada, accesible solo para genios y puesta a disposición de las élites para que sobreviva. La que es a veces subsidiada, supuestamente, para el pueblo —pobrecito— que necesita la cultura según un discurso alarmista, instrumentalizado por ideas racistas y clasistas que lo dibujan como una masa insensible, ignorante, casi analfabeta.
Hacer periodismo cultural en Guadalajara se ha convertido en un reto que va más allá de lo que las instituciones han colocado en el ambiguo territorio de la difusión cultural. Y su desafío radica en su visión política y social.
Tenemos que intentar escucharnos de verdad. Mirar a la realidad más allá de las clases altas que han acaparado esos espacios de exposición y educación artística en una ciudad como la nuestra que venera artistas y autores como si fueran salvadores del pueblo. Más allá de las artes decorativas, la belleza, la estética y la alta cultura, a nosotras nos toca mirar qué hay detrás de quienes producen arte, qué prácticas sostienen las obras de los grandes nombres que representan a Guadalajara en el mercado internacional del arte, cuánto ganan, de qué viven, y qué posibilidades tienen para una vida digna los trabajadores de la cultura.
Hay que dejar de difundir conciertos y exposiciones para dialogar sobre cómo, en nombre de hacer una supuesta capital cultural de América Latina, se lava dinero del narcotráfico y se permite la corrupción de las direcciones de cultura o se utilizan proyectos públicos para promover el desarrollo inmobiliario irregular y desplazador en Guadalajara.
Cómo se construyen centros culturales para estimular la oferta hotelera y de Airbnb. Cómo se enriquecen las empresas favoritas de los gobiernos estatales bajo la excusa del entretenimiento. Cómo se devastan bosques y parques para que una empresa se enriquezca cobrando casi mil pesos a las personas para disfrutar de una celebración profundamente arraigada como el Día de Muertos. Cuál es el color de piel del grueso de quienes se dedican a la gestión cultural, dirigen las galerías, hacen curaduría y crítica de arte; y la escasa cantidad de mujeres diversas, y de personas de las disidencias sexuales, que están exponiendo en museos o publicando libros.
Ese es el desafío. Hacernos esa pregunta incómoda y hacer entonces una denuncia y promover que haya cambios estructurales para que cuando una empleada haga una denuncia en una revista cultural, se le escuche, se le proteja y se le asegure una reparación integral del daño.
Coincido con el crítico neoyorquino Jerry Saltz en que quiero que todas y todos los artistas —hasta “los malos artistas”— vivan dignamente de su trabajo, pero también quiero una escena creativa que considere los derechos laborales de las y los obreros de la cultura, el medio ambiente, y el genocidio en Gaza.
Durante la pandemia nos convencimos de que el arte, el que vemos más crudamente como entretenimiento, era un derecho inalienable. Por primera vez descubrimos que el trabajo extenuante, los traslados y la violencia nos habían arrebatado la capacidad de dedicarnos a eso que nos apasiona y nos mueve. Pero se acabó la pandemia y volvimos a ver al arte y a la cultura como un objeto que se usa, que se promueve como estatus y como capital para entretenernos y olvidarnos de lo que pasa en el mundo —aunque realmente solo unos pocos tienen ese privilegio.
Habríamos de preocuparnos menos por cuántas personas van a los teatros o a las salas de conciertos de música clásica o por qué el grueso de la gente prefiere las artes menores o las populares; y preocuparnos más por qué sí nos gusta, qué sí leemos, qué sí nos parece relevante.
El primero es un discurso viejo, desgastado y anquilosado que no representa la realidad. También es un discurso elitista y clasista que vuelve a poner la cultura al servicio de la construcción de un estatus, de la decoración del cacique blanco y sus descendientes, que hoy hacen curaduría en museos y galerías a las que por derecho también deberían acceder las clases trabajadoras que desprecian como audiencia; la que “no entiende el arte conceptual”, pero que más bien no entienden. Que no quieren entender.
Con suerte el futuro para el arte será uno más comunitario y más colaborativo. Las galerías y los circuitos culturales que les preocupan a las empresas con ánimos de turismo y simple entretenimiento —mientras dividen y encarecen los vecindarios que dicen querer “reactivar” que no es sino un sinónimo de colonización y explotación a menor escala— van a seguir ahí porque tienen dinero y lo han tenido desde el Virreinato.
Pero con suerte también sobrevivirán las iniciativas comunitarias como hacen en el teatro El Embarcadero, donde proponen metodologías dramatúrgicas para hablar de cicatrices sociales. O La Coperacha, que genera empleos para artistas haciendo espectaculares obras para infancias en diversos contextos con obras clásicas de la idiosincrasia tapatía. O como lo hace Cuerpos Parlantes que utiliza los libros para generar diálogos sobre género y nuevas masculinidades. O Impronta con libros lentos realizados de manera ética para sostener a todos los involucrados en la manufactura más allá del autor. Y como hacen las artesanas de Tlaquepaque y de Tonalá para colaborar como trabajadoras y como amigas en colectivas como la Asociación Civil Causa Azul. Nos toca entender cómo funcionan estas propuestas, y cómo podemos ayudar a que crezcan y se sostengan de forma autónoma.
Hemos desperdiciado mucho tiempo convenciéndonos de que el arte y sobre todo “la belleza” son importantes para el desarrollo del ser humano. Más allá de la belleza yo creo que debemos defender el poder expresivo y comunicativo de la creatividad. El poder que tienen el diálogo y la denuncia.
No apostar por la cultura por ser cultura. Por el arte que supuestamente exalta, a través de la belleza pura, la pasión y el entusiasmo. Ese entusiasmo que nos encadena de forma permanente al trabajo no remunerado, a la explotación, a la precarización, como dice la académica española Remedios Zafra.
La comunicación de las artes y la cultura también tiene que trabajar por despojar a la cultura de esa cualidad ‘civilizatoria’ bajo la que todavía se crean programas públicos para, supuestamente, sensibilizar a una masa de posibles personas espectadoras que son congregadas o como consumidoras —si no compran los caros boletos del concierto, para la producción son ignorantes, no les interesa la cultura— o como estudiantes que pueden ser domesticadas con dosis de bellas artes y alta cultura.
Esos programas han demostrado fracasar en incontables ocasiones en, por ejemplo, el fomento a la lectura que nunca les ha dado a los gobiernos las cifras que quieren: asistencia a eventos, y cantidad de libros vendidos.
No digo que el arte no pueda servir para sensibilizar a la ciudadanía sobre temas y conversaciones que le son ajenas, pero digo que veamos en él la inmensa capacidad provocadora de diálogos, de diversidad y de transformaciones verdaderas (esas que ocurren lentamente, en las familias, en los grupos de amigos, en la visión que tenemos de nosotros mismos) sin la vara medidora de las clases acomodadas —que por lo demás son minoría— a quienes se les ha dotado de la autoridad para decir qué es arte, buen arte, arte limpio y enriquecedor; y quién o quienes son artistas y tienen derecho a ser artistas.
No pongamos eso en nuestras páginas. La división desigual del trabajo cultural es un tema pendiente en donde deberán participar las instituciones públicas y el sector privado que utilizan la cultura y el arte para su beneficio o como objetos de lujo y de seducción electoral.
Y ahí también nos toca a nosotras porque las comunicadoras somos trabajadoras de la cultura, somos parte de ese ecosistema y también nos toca exigir formas dignas de vida y de respeto a nuestro oficio. Nos toca hablar de derechos laborales aunque existan conversaciones que parecen más difíciles —como las de los defensores y periodistas asesinados en México— porque partimos de lo mismo: de una injusticia laboral y de una falta de entendimiento de nuestras empresas sobre la labor que realizamos. Todo empieza en el lenguaje, por eso parto de esto.
El futuro podrá ser incierto para nuestros modos de trabajo y para las fórmulas de subsistencia de los medios tradicionales que hoy nos contratan, pero no lo será para el periodismo cultural.
Mientras exista quien tenga interés en lo que pensamos, lo que escribimos, lo que damos por hecho, cómo nos relacionamos, cómo nos consideramos, cómo compartimos el espacio en el mundo, habrá periodismo cultural. Y la responsabilidad social que conlleva.
Para mí el reto más próximo, y la guía en mi práctica como reportera cultural en Jalisco, viene del fallecido cronista colotlense Luis de la Torre, quien editó y publicó por años uno de los pocos periódicos dedicados exclusivamente a la cultura, Mi Pueblo, capturando las diversas voces de los pueblos del norte de Jalisco con una nitidez que nunca perdió rigurosidad. Ahí se escuchaba la historia, el pensamiento, la reflexión política, las heridas profundas de la lucha cristera, en la vida del campo —sus sabores, su música, sus tradiciones religiosas— se reflejaba pues un modo de vida, una forma de entender el mundo. Una poética de la así llamada provincia, la provincia rural, en la parte del país más profundamente ignorada.
Sueño con un periodismo así, que nos permita una postura atrevida, desafiante, que cuestione el orden conservador de las cosas. Que sea útil para nuestras comunidades. Nos toca a nosotras hacerlo.

Alejandra Carrillo
Alejandra Carrillo es periodista, escritora y gestora cultural originaria de Guadalajara. Trabaja como reportera en Grupo Reforma en la sección de Cultura y colabora en varios medios independientes de Guadalajara y de otros estados de la república. Coordina talleres de escritura colectiva y acompaña lecturas y lectoras en varios espacios independientes. Co-fundó el club de lectura tapatío Las de la intuición y lleva una newsletter anual llamada Lecturas de verano.
© Miriam Jiménez
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