
¿Cómo tenemos que preparar a las y los futuros periodistas especializados en la cultura y las artes para una ciudad como Guadalajara en un tiempo como el 2024? Para empezar, con la conciencia de que, en el México del siglo XXI, atravesado por complejas dimensiones de desigualdad, agitación política y violencia, los retos no son distintos de los que enfrentan otras profesiones. Para seguir, con la apuesta de que las nuevas personas profesionales se conviertan en mediadores más sensibles, capaces de situar social e históricamente los objetos de su trabajo y de concebirlos como problemas que requieren abordajes diversos y plurales. Quizá esas personas puedan luchar con mejores armas contra la tendencia de mercado que, hace décadas, arrincona a la cultura al estatus de información de tercera categoría.
El contexto mexicano subraya el tamaño de los desafíos, porque nuestro país y el periodismo del mundo viven transformaciones radicales; el panorama es, al mismo tiempo, temible y emocionante.
Temible
Cuando la gente piensa en periodistas, piensa en medios de comunicación. Pero hace rato que no es necesario trabajar en la redacción de un medio para hacer periodismo. Un periodista no necesita un medio para existir; al revés: los buenos medios de comunicación, dedicados a la información y no solo al entretenimiento, siempre requirieron de periodistas excelentes para desarrollar su identidad y sus contenidos.
Y los medios tradicionales son precisamente el centro de la crisis, como muestra el caso de México, en donde hasta los más grandes lucen golpeados por la crisis financiera y desconectados respecto de los públicos. El siglo XXI ha sido una paliza: internet modificó el negocio de la publicidad, la crisis de 2008 dio el siguiente golpe y el nocaut técnico vino con la pandemia de 2019. El resumen es que al parecer no necesitamos periódicos, radio, ni televisión para contar historias, no solo porque las plataformas digitales son más baratas, sino porque son más veloces y entretenidas, y la gente encuentra confianza y cercanía en sus protagonistas, incluso si la información que producen es de mala calidad. Esta efervescencia por lo digital no esconde que en realidad hay muchas personas que no tienen acceso a internet: 25 millones de mexicanos, unos tres mil millones de individuos en el mundo.
En lugar de que los medios reaccionaran con una apuesta por la calidad —contenidos brillantes, formatos mejorados, apuesta por la investigación, escuchar a sus públicos, ignorar a los poderes fácticos, ratificar a diario su credibilidad—, optaron por recortar sus nóminas y mantener lo “viral”, porque da ganancias.
Precarizar el trabajo de las y los periodistas nos recuerda a algunos que las redacciones importan. La calidad del periodismo del siglo XX, por ejemplo, orbitaba en torno a rutinas como el dominio de una “fuente”: volverse experto en un ámbito temático amplio, como el de la cultura y las artes. Esto le permitía al periodista hacer carrera y obtener visibilidad pública, pero además le abría la puerta a su verdadera contribución a la vida social: una persona periodista especializada genera mejores preguntas a la actualidad que las que vienen de un simple seguimiento a las agendas institucionales, propone miradas prospectivas, documenta la historia y vigila la tradición. La otra dinámica importante de estos ecosistemas eran el diálogo y la discusión cotidianos. Hoy parece haber una esperanza en un incipiente sistema de medios digitales, que siguen buscando modelos de negocio sustentables.
La pregunta es: ¿en qué espacios hallarán sus comunidades las personas profesionales del periodismo? En esos empleos o emprendimientos, ¿encontrarán estímulo creativo e intelectual, sensación de identidad, formación permanente? Y, con más urgencia, ¿dignidad laboral, seguridad social, lealtad mínima de sus empleadores?
Elijo estos datos del invaluable trabajo de investigación Periodistas en México. Encuesta de sus perfiles demográficos, laborales y profesionales: 91% de las personas periodistas mexicanas tienen estudios de educación superior; 60% cobra 15 mil pesos al mes o menos; 60% trabaja 49 horas a la semana o más.
Emocionante
Desde la imprenta y la modernización de los debates públicos, el periodismo empezó en la cultura; luego los empresarios descubrieron el negocio del rating y la publicidad, y la cultura quedó arrinconada tras otros contenidos. Pero resistió y evolucionó, igual que el mundo y las formas de pensar las culturas.
El consenso dicta que el periodismo cultural pasa una crisis por falta de relevancia y de espacios y el ascenso de influencers y youtubers, que, como mínimo, le recuerdan que debe reinventarse. Lo emocionante es que el periodismo cultural de calidad es necesario. Por eso la ganadora en 2024 del Premio Nacional de la Feria del Libro de Yucatán, la reportera Yanet Aguilar Sosa, demandó que las y los periodistas de cultura se asuman “parte importante del proceso democrático de nuestra sociedad”.
El periodismo pretende ser el relato de la vida pública, “todo periodismo se halla en el campo de la cultura si ésta se ha de entender como el conjunto de conocimientos, hábitos, tradiciones, expresiones creativas y recreativas, juicios y prejuicios de una colectividad”, señalaba el periodista Humberto Mussacchio en su libro Historia del periodismo cultural en México.
Así, en ningún caso es solo periodismo sobre las bellas artes. Por el contrario, su ámbito es el de la vida cotidiana y la historia de las comunidades, afectadas igualmente por la política o el clima que por la tecnología, la innovación o los deportes (ahora le cabe hasta la astronomía, se sorprendía hace poco la decana Patricia Vega). Al periodismo de cultura le interesan tanto la obra de artistas independientes o consagrados como las cuitas de una familia aficionada al beisbol o las mejores cenadurías de un barrio. Su clave, más que su especificidad temática, es su perspectiva: una mirada que es capaz de identificar el retrato de nuestro tiempo en cualquier singular relato, y nos recuerda que las costumbres y las identidades nunca están quietas.
Como todo el periodismo, el cultural prefiere las historias a las noticias; por eso la principal competencia que demanda es curiosidad. Para encontrar historias y explorar formas de contarlas a públicos cuya atención dura lo mismo que un video de TikTok (lástima que eso suene peyorativo, porque TikTok es sensacional). Curiosidad para publicar solo aquello que hemos verificado. Para interrogar la naturaleza de nuestras comunidades, leyes y morales. Para explicar nuestros territorios más allá de la geografía prescrita desde las capitales. Para descentralizar nuestra comprensión de la vida pública, para volver compleja nuestra relación con el entretenimiento, para descubrirnos en nuestras y nuestros vecinos. Para vivir la cultura si una pandemia nos cierra los cines. Para reportear desde la calle, no desde la computadora. Para fatigar el camino de quien interroga al poder y fiscaliza al gobierno.
Curiosidad, sobre todo, para combinar todas estas posibilidades, algo que las personas profesionales del periodismo, después de un tiempo, hacen con una pericia que solo se explica por la emoción que hallan en el compromiso con sus comunidades. Propongo como ejemplo la investigación de Carmen García Bermejo “La falsa filantropía de Salinas Pliego”, de 2019, ejemplar para estudiar cómo una periodista disciplinada revela una verdad a punta de solicitudes de información pública tras preguntarse por un programa cuyas intenciones parecen incuestionables en principio.
En una entrada de 2017 que le sirvió para comentar un fenómeno viral, el peruano Diego Salazar planteó: “El trabajo principal del periodismo cultural es llamar la atención sobre la forma en que ‘todo se encuentra completamente conectado’ y cómo ‘nada es nunca por sí solo’. Es decir, la función básica del periodismo cultural es buscar esas conexiones, aportar el contexto necesario —o al menos suficiente— para que el lector sea capaz de apreciar el artefacto cultural […]”.
El asombro y el rigor
Todas esas cosas son productos de la experiencia: como cualquier profesión que se respete, el periodismo es oficioso: uno se vuelve mejor conforme más cosas intenta. Así que lo primero es formarse como periodista, no como “periodista de cultura”. Porque las reglas de esta metodología de producción de información siguen vigentes:
- Una base ética. Como la tríada del entrañable maestro Javier Darío Restrepo: comprometerse con la verdad, defender su independencia y guiarse por su responsabilidad social. Concebir al periodismo como servicio público.
- Horizonte en el interés público. En 2016, el Foro Mundial de Editores advirtió del desafío de reconstruir la relación de confianza entre periodistas y la ciudadanía en tiempos de información falsa, y emitió un listado de principios que exigen construir credibilidad mediante transparencia, pluralismo y precisión.
- Con disposición intercultural. La reflexión de Jesús Martín Barbero acerca de concebirnos como personas mediadoras y no intermediarias reviste una vigencia refrescante: si quien es periodista se coloca “en medio” de las personas creadoras y consumidoras (quienes saben y quienes deben ser educadas), solo hace al juego al mercado:
“…el mediador se sabe socialmente necesario, pero culturalmente problemático, en un oficio ambiguo y hasta contradictorio: trabajar por la abolición de las fronteras y las exclusiones es quitarle piso a su propio oficio, buscar la participación de las mayorías en la cultura es acrecentar el número de los productores, más que de los consumidores… incluido el consumo de sus propios productos. Mediador será entonces el comunicador que se tome en serio esa palabra, pues comunicar —pese a todo lo que afirmen los manuales y los habitantes de la posmodernidad— ha sido y sigue siendo algo más difícil que informar; es hacer posible que unos hombres reconozcan a otros, y ello en ‘doble sentido’: que les reconozcan el derecho a vivir y pensar diferente, y que se reconozcan como hombres en esa diferencia”.
Una apuesta, pues, está en esa mezcla de asombro gozoso y valiente rigor que solo es posible en una profesión arrojada, consciente de su convulsiva crisis, pero también de su utilidad. Creo que es indispensable formar periodistas y, aunque pocas universidades asuman el desafío de abrir una carrera con tan poco mercado, insistir le dará una oportunidad al pasado, al presente y al futuro para tener quiénes los relaten. Temible y emocionante. Como el periodismo.

Iván González Vega
Académico del Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO, donde también coordinó la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública entre 2017-2023. Periodista desde 1994 en medios impresos como El Informador y Público-Milenio, de Guadalajara. Reporteó sobre artes escénicas en Guadalajara y México y creó la web periodística Ágora TeatroGDL, activa de 2015 a 2020. Es artista de teatro desde 2005.
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