
El teatro en México presenta una variedad de propuestas, una proyección internacional, una profesionalización y una vitalidad, sin dejar de reconocer que aún falta mucho que desarrollar para que estas características sean plenas, y que contrastan con su precario estado a inicios del siglo pasado. Lo sucedido en cien años en este campo ha sido trascendente y ofrece una perspectiva aproximada sobre las tensiones entre lo central y periférico en la práctica y la difusión del arte escénico.
Antes del estallido de la Revolución Mexicana el teatro en el país era producido fundamentalmente por compañías comerciales. Quienes practicaban la escena dependían de la taquilla, lo que hacía imposible exploraciones creativas o cuestionamientos ajenos a la estricta supervivencia. No había centros de formación para actores además de lo impartido en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación, considerado estereotipado y rancio. Florecía un teatro popular, muy concurrido y de importancia como espacio de sátira y crítica social y política.
Una vez consumada la gesta revolucionaria, la cultura artística y su difusión cobraron paulatinamente un sitio destacado en el país. Se fueron multiplicando las publicaciones periódicas y los suplementos culturales, donde fue un impulsor muy destacado Fernando Benítez, a quien le debemos los ya extintos, pero fundamentales Revista Mexicana de Cultura, México en la Cultura, La Cultura en México y Sábado. De los suplementos donde Benítez dejó su enorme huella sólo subsiste La Jornada Semanal. Otro importante suplemento de circulación nacional en la segunda mitad del siglo pasado fue la también desaparecida revista Plural, dirigida por Octavio Paz.
La cercanía y anuencia de las personas intelectuales se hizo importante para la consolidación del régimen. Había censura y tensiones entre intelectuales y artistas con el poder, pero también cercanía. A lo largo de las décadas las y los exponentes de la cultura se instalaron como referentes para variados temas. Anidó un prestigio asociado a la creación teatral y literaria. Proliferaron los premios y reconocimientos. La presencia de numerosas páginas dedicadas a la cultura, enriquecidas por el exilio español, contribuyeron a la valoración de las artes. Las personas escritoras, actrices, actores, directoras de escena fueron colocándose en un sitio de admiración y respeto en la sociedad. En este proceso los temas y poéticas en la práctica escénica enfrentaron tensiones que no terminan entre la asimilación de modelos europeos y la búsqueda de una identidad regional y el desarrollo de lenguajes y temáticas correspondientes con la realidad de las y los teatristas y su entorno.
En 1934 se abrió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM la impartición de materias de teatro. En 1946 se fundaron el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Escuela Nacional de Arte Teatral. A partir de la construcción del Teatro Insurgentes en 1952 se fueron multiplicando los edificios teatrales por todo el país, lo que recibió un extraordinario impulso en los sesenta con la articulación de los teatros del IMSS. Fue a inicios de esa misma década que se inauguró el Teatro Experimental, de Guadalajara, Jalisco, ciudad en la que se edificó en 1976 el Teatro Alarife, Martín Casillas. En ese mismo año se fundó la Compañía Nacional de Teatro. Bellas Artes, la UNAM y la UAM impulsaron producciones continuas de puestas en escena que llegaban a más de cien representaciones. Hoy las temporadas difícilmente llegan a treinta.
En los periódicos y suplementos culturales se abrieron espacios para la crítica teatral, entrevistas a los involucrados con la escena y distintas instancias gubernamentales, de Bellas Artes y el Fondo de Cultura Económica, hasta el IMSS e ISSSTE, destinaron recursos a la difusión de textos dramáticos. Entre la década de los cincuenta y los noventa la UNAM publicó las revistas La Cabra y Escénica. Edgar Ceballos fundó en 1981 la editorial Escenología que dio a conocer numerosos títulos, además de la revista Máscara. En 1992 se estableció la Editorial El Milagro. Empezó a editarse la revista Paso de Gato en 2001, que pronto abrió sus colecciones de libros. Surgieron las publicaciones de La Capilla y Libros de Godot que se mantienen a flote con enormes esfuerzos. Otras editoriales fundadas en las últimas décadas como Teatro Sin Paredes y Anónimo Drama han desaparecido. Si ha sido difícil dar continuidad a la difusión del teatro en la ciudad de México, mucho más ha resultado en los demás estados de nuestra muy centralizada república.
A lo largo del siglo XX se ha registrado una crisis en la manera de comunicar y promover el teatro, con la desaparición de los suplementos culturales y el adelgazamiento de las secciones para la cultura de los periódicos. Recuerdo que cuando publicaba en Reforma, en los últimos años del siglo XX y primeros del siglo XXI, se empezaron a hacer mediciones de la popularidad de los columnistas. Esto dio lugar a un cambio en los reconocimientos e importancia de las columnas. En los tiempos de auge de los suplementos culturales era implícito que el impacto en un mercado masivo no era el objetivo de ciertas colaboraciones, sino la creación y ampliación de liderazgos de opinión, así como ofrecer a sus lectores el estímulo de ideas y reflexiones. En la medición de Reforma desde luego se dio un contraste enorme entre los espacios dedicados a los deportes, los chismes del espectáculo, consejos de belleza y los concentrados en la crítica de las artes. Esta forma de considerar el peso de las columnas, a partir de criterios económicos, influyó sin duda en que si bien hasta el fin de la primera década del siglo XXI los diarios de circulación nacional tenían no uno, sino hasta dos críticos de teatro, hoy el panorama es completamente distinto: Reforma prescinde de esa columna, como también carecen de ésta Excélsior y el diario La Jornada. La diferencia en el pago entre la crítica de teatro y otras áreas como política, deportes y chismes de la farándula es abismal. Con frecuencia las colaboraciones en el análisis del fenómeno escénico ni siquiera se pagan. La única revista dedicada al teatro nacional e iberoamericano es Paso de Gato, que ha tenido que mudarse del formato impreso al digital. La crítica y difusión de las artes ha migrado a páginas y soportes virtuales autosostenidas, entre las que destacan La Cartelera de Teatro CDMX, Teatro Mexicano, Entretenia y Voy al Teatro. Estos formatos hacen un enorme esfuerzo por sostenerse y llegar a un público más allá de la comunidad teatral. La presencia de la crítica y la difusión de las artes en los suplementos y diarios nacionales propiciaba la inserción del teatro fuera de su ámbito y la circulación de ideas entre hacedores y público de otras actividades. Estos espacios que van surgiendo en el universo virtual tienen pocas condiciones para superar el ensimismamiento, lograr diálogos transversales con otras artes e insertar el tema del teatro fuera del ámbito de los hacedores y un reducido público interesado.
El teatro –a diferencia de lo que ocurría a principios del siglo pasado– hoy depende de manera mayoritaria de algún apoyo gubernamental, a través de producciones pagadas por instituciones. La UNAM es en este escenario de las más consistentes. En las producciones de Bellas Artes están las de la Compañía Nacional de Teatro y una franja con presupuestos cada vez más reducidos en la Coordinación Nacional de Teatro, donde son mínimas las producciones propias y son frecuentes las puestas en escena gestionadas por otras iniciativas. El sistema de becas surgido en el FONCA –hoy nombrado Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales– ha registrado también una disminución de proyectos beneficiados. Quienes postulan a estos apoyos reportan una dificultad administrativa creciente para cumplir los requisitos para conseguirlos.
Los esfuerzos dedicados a la promoción y difusión de la cultura teatral sostenidos durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del siglo XI han dado lugar a la emergencia año con año de nuevas generaciones de profesionales del teatro. Hay cerca de 20 licenciaturas en teatro en el país, además de numerosos centros independientes de formación y perfeccionamiento, que se encuentran con un cuello de botella para poder ejercer profesionalmente. Teatro de Ciertos Habitantes, Lagartijas Tiradas al Sol, Los Endebles, Línea de Sombra, Laboratorio de Artistas Sostenibles, Conejillos de Indias, Luna Morena, Microscopía Teatro entre varias compañías más tienen presencia en importantes festivales más allá de nuestras fronteras, han recibido premios nacionales e internacionales y han colocado a México como un sitio destacado en las artes escénicas mundiales. No hay, sin embargo, una cobertura, un seguimiento crítico correspondiente.
El teatro en México es una actividad marginal. La disminución de presupuestos para la producción teatral y la vertiginosa desaparición de espacios para estimular el conocimiento, el análisis y la difusión de las artes escénicas son una realidad. Corresponde a la comunidad dedicada a esta actividad, como sucedió en los mejores años de estímulo y difusión de las artes escénicas el siglo pasado, encontrar estrategias para exigir a las instancias gubernamentales el cumplimiento del mandato constitucional de proporcionar el derecho a la cultura. Pero también exigen estos tiempos de cambios profundos, de crisis, de incertidumbre, de ausencia de una política cultural en el país un esfuerzo por plantear diagnósticos y objetivos sobre la pertinencia de la creación artística y el desarrollo de mayor diálogo, autocrítica e intercambio con sus espectadores.
Una importante variación en el ejercicio de la crítica teatral, debido al volumen y diversidad de las puestas en escena en México sería pasar del comentarista solitario a grupos de reflexión y seguimiento. El trabajo crítico debe, a mi juicio, orientarse más que a la aprobación o desaprobación de las propuestas escénicas a su elucidación en contexto y a entablar un diálogo constructivo con los grupos artísticos, entre éstos y las audiencias. Se hace preciso un seguimiento de los procesos creativos y el devenir de los grupos y creadores teatrales.
Un factor importante en los últimos cinco años se ha dado con el lugar que el actual régimen federal brinda a las personas intelectuales y el desdén hacia el teatro. Para el círculo rojo del poder no existe más teatro que el que ellos escenifican cotidianamente. Las alusiones presidenciales negativas hacia artistas e intelectuales críticos del desempeño de su gobierno contribuye a la descalificación, degradación y marginación de los espacios de reflexión y análisis de las artes. Hoy son mínimas las publicaciones del gobierno, y la publicidad gubernamental en los emprendimientos culturales se ha reducido casi hasta la extinción.
Hay preguntas fundamentales para pensar sobre la marginalidad del teatro, ¿a qué se debe la enorme dificultad de vivir sin subsidio? ¿Es importante el teatro para nuestra sociedad? ¿Por qué es importante el teatro? ¿Cuál es su función? ¿Cuál es el sentido idóneo de la crítica? Estas preguntas se van volviendo cada vez más relevantes, así como la necesidad de repensar los formatos de cobertura y análisis del hecho escénico. Si bien resulta muy difícil vivir del teatro sin alguna forma de subsidio, más complejo es hacerlo para sociedades que no consideran importante esta actividad y, en consecuencia, no están dispuestas a reclamar su derecho al teatro de ninguna manera.
Poner al teatro al centro de la vida nacional y del poder es ajeno a su naturaleza en estos tiempos. Lo estuvo en la emergencia teatral en la Grecia Clásica, en distintos momentos de las monarquías europeas, en el proceso de evangelización en la Conquista de México y en la construcción de los estados nacionales en Europa en el siglo XIX. La cercanía del teatro con el poder lo expone a funcionar como propaganda en favor de esquemas de dominación, aunque el teatro ha demostrado aún en la mayor dependencia de sus patrocinadores autoritarios, la capacidad de crear universos complejos, provocar formas de crítica alusiva y potencia para profundizar en los dilemas de la condición humana.
La dinámica que hoy sería la más propicia para el teatro es una asignación de recursos públicos para la formación de cuadros, la producción y promoción de las obras, a través de mecanismos autónomos. Gestionar espacios para la experimentación sin agendas estrechas de tiempo y con los puentes para llegar a los distintos públicos. Fortalecer un tejido institucional en este sentido y abrir espacios de auténtica independencia para el teatro es labor de la comunidad teatral, de la capacidad de convencerse a sí misma y a la sociedad con la que interactúa, de la necesidad, de la trascendencia del trabajo que realiza.

Luz Emilia Aguilar Zinser
Crítica, investigadora teatral y docente. Egresada de la Carrera de Literatura Dramática y Teatro UNAM. Ha publicado en Reforma, Excélsior, Escénica, Correo Escénico, Irish Theatre Magazine, Theater Der Zeit y Paso de Gato. Ha impartido conferencias en Canadá, Alemania, Irlanda, España, Perú y Argentina y Chile. Coordinadora editorial de Voces de lo efímero, la puesta en escena en el teatro de la Universidad, UNAM, 2006. Coautora del libro Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena, Medio Siglo de Historia, 2022, INBA, RM. Cofundadora de la Muestra Crítica en el marco de la Muestra Nacional de Teatro. Medalla Villaurrutia 2023.
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